Carta abierta al que vendrá...
Inspirada en una imagen que sí fue... en alguna calle donde la fe se volvió cercana.
A ti, que pronto escucharás las palabras: Habemus Papam.
A ti, que te asomarás al balcón, no para verte, sino para mirar al pueblo.
Antes de que te rodeen las multitudes,
mira esta escena.
Una banca improvisada.
Religiosos y laicos.
Rostros distintos, edades mezcladas, un barrio cualquiera.
Y en el centro... un hombre que podría ser Cristo.
O podría ser cualquiera que camine como Él.
No hay protocolo.
Solo escucha.
No hay oro ni púrpura.
Solo rostros que confían.
Si llegas, no olvides esta imagen.
Porque ser Papa no es representar a Dios con trono,
sino dejar que Dios te represente con ternura.
Que te encuentren en la banqueta, no en la distancia.
Que te quieran por humano, no por infalible.
Que te duela el silencio de los excluidos
más que la crítica de los poderosos.
Que abraces más de lo que bendices.
Y que bendigas más con tu presencia que con tu anillo.
Si llegas después de Francisco,
no lo imites.
Pero tampoco lo olvides.
Continúa.
Sigue siendo Iglesia con los pies polvosos,
las manos abiertas
y la alegría rebelde de quien cree que el Reino
puede empezar en una esquina como esta.
No vengas solo a pastorear.
Ven a sentarte.
Una risa.
A mirar a los ojos.
A ser testigo de un Dios que no se cansó de caminar nuestras calles.
Y si en algún momento dudas... Y si en algún momento dudas... Mira
Con esperanza urbana,
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