Volver
a Construir Puentes
Inspirado en la catequesis
jubilar del Papa León XIV, 14 de junio de 2025
En tiempos en que los muros se han
vuelto costumbre —muros físicos, ideológicos, emocionales—, el Papa León XIV
pronuncia una frase que, como Evangelio vivo, tiene fuerza de terremoto:
“Jesús no es un muro que separa, sino una puerta que nos une.”
Y no es una frase decorativa. Es una
hoja de ruta. Un llamado a revisar nuestras certezas, nuestros prejuicios y
hasta nuestras devociones, para preguntarnos: ¿soy puerta que une o muro que
separa?
Porque el Evangelio, como recordó el
Papa desde la Basílica de San Pedro, no nació dentro de nuestras fronteras
ni se fabricó en nuestras culturas. El Evangelio vino de fuera. Fue
migrante desde el inicio. Cruzó tierras, idiomas y tradiciones. Y lo sigue
haciendo. Hoy, en pleno siglo XXI, son las comunidades migrantes quienes
están reavivando la fe en muchos países que, por comodidad o rutina, la habían
dejado languidecer.
Pero no solo las migraciones físicas
reviven la fe. También la capacidad de acoger lo distinto, de dialogar con
lo otro, de conectar donde hay fractura. Frente al pensamiento que divide y
polariza, León XIV rescata la figura de san Ireneo de Lyon, aquel sabio del
siglo II que no se dejó atrapar por las ideologías de su tiempo, ni por los
conflictos internos de la Iglesia. Supo ver que la carne de Cristo
—real, encarnada, doliente— era el lugar donde los contrarios se reconcilian. Unidad
en la diferencia. Inteligencia que conecta.
El Papa advierte también algo que cala
hondo en nuestra época digital:
“Las ideas pueden enloquecer. Las
palabras pueden matar.”
No es retórica. Lo vemos todos los días:
un tuit malintencionado, un mensaje incendiario, una consigna vacía, y basta
con eso para prender fuego al tejido social. Por eso urge volver a lo esencial:
el mandamiento del amor está escrito en nuestra carne, antes que en
cualquier ley.
Y si el amor es ley primera, entonces el
cristiano —en la ciudad, en la familia, en las redes, en la política— no
está llamado a levantar muros, sino a tender puentes.
Volver a construir puentes no es
ingenuidad, es valentía espiritual. Es preferir el encuentro al insulto. Es
hablar con quien piensa distinto. Es arriesgarse a perder seguridades para
ganar comunión.
En Cristo en la Ciudad lo
vemos todos los días: muros de desconfianza entre vecinos, puentes
invisibles en un saludo, un gesto, una oración susurrada en el metro. La
urbe está llena de fronteras… pero también de pequeñas puertas que alguien
puede abrir si se atreve a mirar al otro como hermano.
Hoy más que nunca, la Iglesia, la
sociedad, el mundo… necesitan menos vigilantes de la pureza y más testigos
de la esperanza. Necesitamos ser puertas que se abren, no muros que se
erigen.
Como dijo el Papa, otros nos
seguirán. Pero solo si nosotros caminamos primero.
Y si caminamos con Cristo… entonces siempre será hacia el encuentro.