“Un año después: el espejo sigue ardiendo”
Cristo en la Ciudad
Hace un año escribí algo que todavía me incomoda un poco:
Que el Evangelio no es un libro viejo.
Que es un espejo que arde.
Y lo sigo creyendo.
Pero hoy lo entiendo distinto.
Porque en este año no siempre lo viví.
A veces lo leí… y seguí de largo.
A veces lo entendí… y no lo encarné.
A veces lo cité… pero no lo dejé tocar lo que más me dolía.
Y, aun así, el Evangelio no se fue.
Se quedó ahí.
Esperando.
No como reclamo.
Como presencia.
Lo encontré en cosas pequeñas:
en una conversación que no evité,
en un perdón que me costó más de lo que quería aceptar,
en mirar a alguien sin juzgarlo tan rápido,
en detenerme… cuando lo más fácil era seguir.
No hubo grandes revoluciones.
Hubo pequeñas decisiones.
Y entendí algo que no había escrito hace un año:
El Evangelio no siempre arde como incendio.
A veces arde como brasa.
No hace ruido.
Pero sostiene el calor.
Un año después, no tengo más certezas.
Tengo más preguntas.
Y, curiosamente, más paz.
Porque ya no siento que tengo que “estar a la altura” del
Evangelio.
Más bien…
empiezo a dejar que el Evangelio esté a la altura de mi vida real.
De mis dudas.
De mis contradicciones.
De mi manera torpe —pero honesta— de intentar.
Si algo ha cambiado en este año, es esto:
Ya no quiero entender el Evangelio.
Quiero que me atraviese.
Aunque duela.
Aunque incomode.
Aunque me obligue a mirar lo que preferiría evitar.
Porque sigo creyendo lo mismo…
pero ahora con más verdad:
No se trata de saber qué dijo Jesús hace dos mil años.
Se trata de descubrir
qué me está diciendo hoy…
aquí…
en esta ciudad
que no deja de moverse
y en este corazón
que apenas está aprendiendo a detenerse.