Cristo en la Banqueta Sinodal: ¿Y si el justo
ya está ahí?
¿Y si el justo no está en Roma ni en los documentos, sino afuera, descalzo, caminando sin que nadie le haya dado la palabra? Esta reflexión no tiene autor, porque viene de todos los que nunca fueron llamados por su nombre. Pero caminan. Y mientras caminen, el Reino sigue latiendo.
La Iglesia atraviesa un momento bisagra. El Sínodo sobre la Sinodalidad, impulsado por el Papa Francisco, no es un simple foro de consulta; es, en el fondo, una tentativa de conversión. Una búsqueda por parecerse más al Evangelio y menos a sus propias costumbres. Pero esa búsqueda —hermosa, peligrosa, incierta— tiene una tensión de fondo: ¿sabremos caminar juntos de verdad, o solo repetiremos con otras palabras los mismos gestos de exclusión y control?
¿Veo esa Iglesia que soñamos?
Sí... pero con condiciones. El
camino sinodal que propone el Papa Francisco no es una declaración de
intenciones vacía. Es una ruptura valiente —y arriesgada— con siglos de formas
rígidas, de castas litúrgicas, de verticalismos. Es una invitación a ensuciarse
los pies en la historia, a caminar con todos, no solo con los de siempre.
¿Será más inclusiva?
Puede serlo... si
deja de usar "inclusión" como palabra de moda y empieza a
practicarla como actitud evangélica. Eso implica ceder poder, redistribuir voz,
reconocer que también quien camina descalzo no solo tiene derecho a opinar,
sino que muchas veces ha visto a Dios donde los doctores de la ley no lo
encuentran.
¿Será más transparente?
Solo si deja de temerle al
conflicto. La transparencia no es una estrategia de relaciones
públicas, es mostrar las grietas y ponerlas a dialogar con la luz. Si la Sinodalidad quiere sobrevivir, deberá abrir archivos, curar heridas y admitir
que en muchos casos el clericalismo fue el escudo de la impunidad.
¿Será camino compartido?
Sí, si se deja de ver al
pueblo de Dios como "fieles a ser guiados" y se empieza a
entenderlo como co-responsables del camino. No es fácil. El mapa sinodal está
en construcción, y no todos quieren construirlo: hay quienes aún añoran los
días de púlpitos y obediencia ciega.
Entonces...
Sí. Veo una posibilidad real de que la Iglesia
se parezca más al Evangelio. Pero también veo que el Sínodo es una
cuerda tensa entre los que sueñan con una Iglesia en salida y los que la
quieren quietecita, sin preguntas, sin la voz del samaritano, sin el barro de
la periferia.
Como todo proceso
auténticamente espiritual, esto también tiene sus luces... y sus sombras.
Pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, hay espacio para preguntarse
juntos por dónde camina Cristo.
¿Y si ese justo está hoy sentado en la banqueta
sinodal?
· Quizá no
usa sotana, quizá es mujer, o indígena, o madre buscadora, o teólogo
silenciado, o joven que duda, o creyente que ama sin etiquetas.
· Quizá no fue
invitado al aula, pero está orando afuera.
· Quizá no
fue citado en el documento final, pero escribió en el margen del cuaderno de
Dios.
Cristo no está esperando que lo
invitemos para hablar con nosotros.
Cristo ya habla. Ya camina. Ya escucha.
Y la sinodalidad será real no cuando todos
hablen, sino cuando el más olvidado también sea escuchado.
Hacer caminos juntos
Hoy más que nunca, la Iglesia
necesita mirar a sus costados. Ver quién falta. Ver quién no se atrevió a
entrar. Ver quién lleva años esperando que su voz sea más que una estadística.
Hacer caminos juntos no es repartir micrófonos,
es reconocer que en la banqueta hay un justo, y que por él —como
en Sodoma— Dios aún espera que no se pierda toda la ciudad.
Ese justo quizá no firme el documento final del sínodo.
Pero camina con verdad. Y mientras él camine, el Reino seguirá latiendo...
aunque no lo anuncien con clarines desde la cúpula.
CARTAS DESDE LA OTRA ORILLA: VOCES QUE DUDAN,
PERO TAMBIÉN BUSCAN
En los últimos días, he
recibido mensajes de amigos, pastores y fieles que expresan algo más que
escepticismo: expresan amor dolido, prudencia, desconfianza histórica, y un
profundo deseo de no ver a la Iglesia errar en nombre del progreso ni en nombre
del miedo.
Uno me decía: “Hay una
buena: eliminar el cacicazgo de muchos clérigos. Y hay una mala: desatar las
voces de los ignorantes y habladores que difunden confusión con ropaje de
avance.”
Otro, con tono pastoral y
tierno, me dijo: “En los grupos pequeños se siente que se camina, pero en
las estructuras grandes, aunque gires el timón doscientas veces, el
trasatlántico apenas se mueve dos grados.”
Y no falta quien pregunte con
toda franqueza: “¿Quién está realmente detrás de esta orquestación?”
Estas voces no son interrupciones. Son parte
del cuerpo vivo de la Iglesia.
No todo el que duda se opone.
No todo el que se resiste lo hace por necedad. A veces, la duda es el acto más
honesto que le queda a quien ha visto cómo los discursos de cambio pueden
terminar en abusos, descuidos o simple moda pasajera.
Desde la banqueta, Jesús no
reprime esas dudas. La escucha. Las devuelve en forma de preguntas más
profundas. Y sigue caminando, sin excluir a nadie del camino.
Porque el temor no es
obstáculo, sino termómetro de lo que está en juego.
Porque donde hay alguien que
aún ama lo suficiente como para preguntar con dolor, también hay un justo que
aún sostiene el Reino.
Y mientras haya quien siga preguntando con
honestidad, vale la pena seguir haciendo caminos juntos.
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