Cristo en las grietas del mundo: Entrevista Retrospectiva
con Jesús de Nazaret
Cristo en la Ciudad
🕊️ ¿Qué es esta
entrevista retrospectiva?
Se trata de un ejercicio narrativo en el que, desde la imaginación comprometida
con la fe, damos voz a Jesús en el presente, como si respondiera hoy, desde una
banqueta urbana, a las preguntas más urgentes del mundo actual.
Es una entrevista retrospectiva porque parte de sus enseñanzas históricas, pero
las proyecta hacia los desafíos contemporáneos: guerras, religión sin
compasión, inteligencia artificial, soledad, justicia.
Aquí, Cristo no habla desde los templos, sino desde las grietas. Y no repite
frases antiguas: las resignifica desde las heridas del mundo.
El Inicio
Aceptó encontrarse sin filtro ni
aureola. “Quiero que me vean como siempre fui”, dijo. Sandalias
polvosas, mirada limpia, voz tranquila pero firme. Nos sentamos en una banca de
concreto, frente a un mural partido por una grieta real y simbólica. A lo
lejos, una ambulancia. Cerca, una madre con su hijo. Más cerca, su silencio que
incomoda.
El olor a fritanga se colaba
entre los autos varados. A lo lejos, un altavoz vendía pan. Jesús cerró los
ojos un segundo, como si ese instante le dijera más que cualquier pregunta.
Detrás de nosotros, un graffiti con letras chuecas decía:
“Dios no paga renta.” Él lo miró y murmuró:
—Y sin embargo, sigo habitando donde menos me invitan.
Esta entrevista no es para promocionar nada. Es para
recordar lo que importa.
¿Qué ves cuando miras el mundo hoy?
Jesús sonríe levemente, como quien ha visto demasiado. Mira
hacia un edificio grafiteado y dice:
—Veo corazones con Wi-Fi pero sin conexión. Todo rápido,
todo urgente, y casi nada importante. Lo que me duele no es el pecado... es la
costumbre de justificarlo.
Hizo una pausa larga antes de añadir:
—Veo cómo Gaza arde y el mundo justifica con estrategias lo
que es, simplemente, inhumano. El mal no siempre usa uniforme. A veces viste de
legalidad y dice “es por seguridad.”
¿Dónde estás cuando todo parece derrumbarse?
Sus ojos se clavan en el suelo resquebrajado. Hay una
tristeza serena en su rostro, pero sin rastro de resignación.
—En las grietas. No en los techos. En el polvo que levantan
los que ayudan. En los que no graban el dolor, sino lo abrazan.
Y agrega:
—Estoy donde se desbordan los hospitales, donde la escuela
se convirtió en refugio, donde el hambre hace fila y la esperanza parece
haberse ido. Yo no elijo bandos, yo me instalo donde duele.
Una patrulla pasó a toda velocidad, y por un momento, el
sonido lo cubrió todo. Él guardó silencio. Luego, mirando hacia donde se fue,
dijo:
—¿Ves? A veces el miedo hace más ruido que el amor.
¿Qué te dirías a ti mismo si volvieras a caminar por esta
ciudad?
Hace una mueca entre sonrisa y nostalgia. Pasa su mano por
la banca áspera.
—No olvides que aquí también hay cruz... pero también hay
resurrección. Recuerda que el Reino se construye con actos diminutos, no con
aplausos.
Luego me mira con picardía:
—Y no repitas sermones de 40 minutos, por favor. Que la
gente necesita hechos, no frases largas.
De su mochila asomaban dos cosas: una libreta arrugada y una
barra de granola a medio comer.
—El pan ya lo compartí con un niño —dijo—. Esto me quedó a
mí.
¿Qué te duele más: la violencia, la indiferencia o la
religión sin compasión?
Esta vez su rostro se endurece un poco. Mira un templo al
fondo y una pareja discutiendo más cerca.
—La oración que no baja al asfalto. El dogma que no abraza.
La fe que no camina. La liturgia perfecta sin pan partido ni mirada al que está
tirado afuera.
Se queda callado un momento. Luego suelta:
—No me duele que no crean. Me duele que crean... y no vivan
como si creyeran.
Un joven pasó pateando una botella vacía. Jesús lo miró como
quien sabe su historia entera, pero no le dice nada.
—A veces basta con que alguien lo vea —me dijo, como
disculpándose por no intervenir más.
¿Qué les dirías a los que luchan por la justicia y se
sienten solos?
Inclina la cabeza, casi como bendiciendo desde su sombra.
Susurra:
—Que no están solos. Que el Reino no siempre es visible...
pero siempre está en marcha. Que ser luz no siempre significa brillar; a veces
basta con no apagarse.
Y agrega con un guiño:
—Vi a León XIV hablar de dignidad y de IA como desafío. Me
alegró. Pero también sé que el Reino no depende de cónclaves, sino de
conciencia despierta.
¿Qué esperas de nosotros?
Suspira, pero no como quien se rinde. Sino como quien sigue
esperando con esperanza terca.
—Que vuelvan a mirar. Que no vivan anestesiados. Que no se
conformen con sobrevivir. Que no esperen que otros sean los buenos. Que elijan
el bien aunque no convenga.
Y ahí, clavándome los ojos, concluye:
—Y que no esperen que yo resuelva lo que ustedes mismos
deben decidir.
El , “Hasta Luego”
Al despedirse, no dijo “gracias”, sino:
—Ánimo.
No pidió seguidores, sino testigos. Y se fue caminando por
la avenida, saludando a un indigente, sonriendo a una madre con un bebé,
dejando tras de sí el eco de una frase que no olvidaré:
—Sigo viniendo donde nadie espera verme.
El sol comenzaba a caer. En la grieta del mural, un brote
verde se asomaba.
—Siempre florece algo donde nadie lo espera —dijo. Y se fue.
Sin voltear.
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