Cristo en la Ciudad

Cristo en la Ciudad
El Evangelio en lo cotidiano. La fe con pies en la calle.

 

Cristo en la Ciudad

“Donde el incienso sube… o no se ve”

Templo de barrio. Misa al atardecer. Una señora reza en silencio. Un joven bosteza. El Padre levanta la hostia… y allá afuera, pasan motos, gritos y ofertas de tacos.

En la ciudad, Cristo también se transfigura entre bancos de concreto y monaguillos distraídos.
Pero hoy, algo más flota en el ambiente: la pregunta sobre cómo debe celebrarse la misa.

🕊 Entre latín y guitarras

En algunos rincones de la ciudad, las misas se celebran en latín, de espaldas al pueblo y con cantos gregorianos que elevan el alma. En otros, hay guitarras, niños corriendo y homilías que parecen charlas.

¿Dónde está Cristo? ¿Dónde se siente más? ¿Dónde lo adoramos mejor?

 El debate no es nuevo

La Iglesia discute hoy —otra vez— sobre la misa tradicional y la misa reformada. Sobre lo solemne y lo sencillo. Sobre el silencio profundo del rito tridentino y la cercanía expresiva del Novus Ordo.

Unos dicen: “el latín es sagrado, no se negocia”.
Otros responden: “el pueblo necesita entender y participar”.
Algunos piden incensarios. Otros, pantallas y proyectores.

Y mientras tanto… Cristo sigue presente.
En cada altar. En cada hostia. En cada corazón que lo recibe con fe, sin importar si la misa tiene órgano o altavoz.

El verdadero centro

Quizás el problema no es la forma… sino la falta de fondo.

Celebramos la misa con prisa, sin alma, sin asombro.
Llegamos tarde. Miramos el celular. Cantamos sin pensar.
Nos arrodillamos sin conciencia. O ya ni nos arrodillamos.

¿Y si el verdadero reto no es “qué misa” sino cómo vivimos la misa?

 Cristo, el que no se divide

Cristo no pelea por formas.
Él quiere entrar en nuestras ciudades y en nuestros templos, con el corazón abierto del adorador y el alma sedienta del pecador.
Quiere que lo reconozcamos en el altar… pero también en el pobre que está afuera, en la calle, esperando una mirada y no un juicio.

Colofón: el incienso que agrada

En la ciudad, el incienso puede ser de copal o de tráfico.
El canto puede ser gregoriano o desafinado.
Pero el único incienso que siempre sube al cielo es el de un corazón que ama, escucha y se entrega.

No se trata solo de elegir entre la misa nueva o la antigua.
Se trata de no perder nunca de vista al que está en el centro: Jesucristo, el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo… y camina entre nosotros.

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