🕊 Cristo en la Ciudad – El capital vivo que no se guarda
Una invitación del Papa León XIV a invertir la vida en amor y
servicio
En medio del ruido de la
ciudad, donde cada minuto parece contado y cada gesto filtrado por la pantalla
de un teléfono, el Papa León XIV nos ha recordado algo que no cotiza en la
bolsa, pero sí en el Reino de Dios: nuestro verdadero capital no es el
dinero, sino la vida misma en todas sus expresiones.
Inspirado en el Evangelio de
Lucas (12,32-48), su mensaje en el Ángelus de hoy es claro y exigente: lo que
somos y tenemos —bienes materiales, talentos, tiempo, afecto, presencia,
empatía— es un capital vivo, y como todo capital, se devalúa si se
guarda, pero crece si se invierte en amor y servicio.
No es una novedad doctrinal:
la Doctrina Social de la Iglesia lleva más de un siglo proclamando el destino
universal de los bienes. Desde Rerum Novarum hasta Sollicitudo
Rei Socialis, la Iglesia ha insistido en que la propiedad no es un
derecho absoluto, sino un encargo de administración en favor del bien común.
Pero el Papa León XIV lleva esa enseñanza al lenguaje de hoy y la acerca a
nuestra vida diaria: abrir la agenda, el corazón y las manos tanto como
la cartera.
En el paisaje urbano, esta
enseñanza se concreta en gestos que no suelen salir en las estadísticas:
- Un
abrazo que interrumpe la prisa.
- Una
conversación que rompe la soledad.
- Una
tarde ofrecida al voluntariado.
- Una
habilidad profesional puesta al servicio de un proyecto comunitario.
El Papa propone que la
solidaridad no se limite a la caridad espontánea, sino que también se
traduzca en acción colectiva: proyectos de justicia social, defensa de los
derechos laborales, economías del bien común y políticas que garanticen que
nadie quede excluido del acceso a recursos vitales como agua, tierra, vivienda
y trabajo.
Esta es la vigilancia activa
que pide: no dormirnos en la comodidad, sino estar despiertos ante las
necesidades de quienes nos rodean. Porque un capital vivo se marchita cuando se
guarda “para cuando sobre tiempo”, pero florece cuando se arriesga en las calles,
las plazas y las esquinas donde el prójimo espera.
Cristo nos enseñó la inversión
más radical: entregarse por entero en la cruz. Y esa entrega, lejos de ser
pérdida, sigue multiplicándose en cada acto de misericordia que hacemos en su
nombre.
En la ciudad de hoy, donde la
rentabilidad se mide en cifras y la competencia en likes, tal vez sea hora de
adoptar otra lógica: invertir donde el rendimiento se cuente en sonrisas,
manos tendidas y vidas levantadas. Porque allí, como dice el Evangelio,
está nuestro verdadero tesoro… y allí estará también nuestro corazón.
📖 “Donde
esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Lc 12,34).
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