Cristo en la Ciudad
La preocupación nace rápido: apenas algo nos inquieta, la
mente corre, imagina escenarios, agranda sombras.
La oración, en cambio, suele llegar tarde… cuando ya estamos agotados por
dentro.
Pero Cristo nos recuerda que la oración no es un último
recurso, sino el respiro que sostiene el camino.
Cuando oramos con la misma fuerza con la que nos preocupamos, algo cambia:
la mente se aquieta, el corazón se ordena y la carga —sin desaparecer— se
vuelve más liviana.
Orar así es confiar.
Es entregar, con sencillez, aquello que tratamos de controlar solos.
Es reconocer que no podemos con todo… y que no tenemos que poder.
La ciudad sigue siendo la misma, pero uno aprende a caminar
distinto:
menos desde el miedo y más desde la confianza;
menos desde la ansiedad y más desde la certeza de que Dios escucha incluso lo
que no sabemos decir.
Ora con intensidad… no para que todo cambie afuera,
sino para que algo empiece a sanar adentro.
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