Cristo en la Ciudad

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El Evangelio en lo cotidiano. La fe con pies en la calle.

 


Cuarto Día del Adviento

“La memoria que sostiene”

La memoria suele llegar sin tocar la puerta.
A veces irrumpe como un golpe seco,
otras llegan suave, como un susurro que se cuela entre los pensamientos.

Hoy vino así: callada, mansa, necesaria.

Me trajo de vuelta momentos de este año que, cuando ocurrieron,
no entendí del todo.
Caminos que no pedí, decisiones tomadas casi a ciegas,
silencios que me dolieron más de lo que dije.
También me trajo lo inesperado:
una compañía que no imaginaba,
una palabra que llegó como auxilio,
una mano tendida en medio del desorden.

Y al verla de frente, entendí algo:
la memoria no está para abrir heridas,
sino para sostener lo que somos.
Es un madero en medio del río:
sin ella, la corriente nos arrastra;
con ella, podemos detenernos, respirar, orientarnos…
y empezar de nuevo.

Hoy agradecí lo que la memoria me trae sin prisa:
lo que me formó,
lo que me corrigió,
lo que me sostuvo sin que yo lo supiera.
Mirar hacia atrás no siempre es fácil,
pero avanzar sin reconocer de dónde venimos
es caminar con una luz incompleta.

La Luz se acerca.
Y la memoria —humilde, discreta—
empieza a encender en silencio lo que en mí aún está oscuro.
Me recuerda que ninguna noche fue inútil
y que ninguna claridad llegó sin propósito.

En este cuarto día del Adviento,
la memoria se vuelve un pequeño faro:
no deslumbra,
no aturde,
solo guía.

Y en su guía suave, me prepara para lo que viene:
la llegada de la Luz que no pasa.

 

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