Cristo en la Ciudad
Sinodalidad con tenis gastados
Caminar juntos, desde México... y desde la
banqueta
¿Y si la sinodalidad no fuera
solo una palabra larga y solemne, sino una experiencia concreta, vivida en el
corazón de nuestras ciudades?
La sinodalidad no es una
teoría de oficinas ni un invento posmoderno. Es una forma de vivir la fe
como comunidad en movimiento, una Iglesia que escucha, discierne y actúa...
con y desde el pueblo. Y en México, esa sinodalidad tiene que ponerse
huaraches, salir del templo y caminar por la calle.
¿Qué es
la sinodalidad?
Viene del griego syn-hodos: "caminar
juntos". Pero en la práctica, significa mucho más:
· Que todos
los bautizados tienen voz: mujeres, jóvenes, indígenas, laicos,
consagrados, sacerdotes.
· Que
las decisiones se toman en comunidad, con discernimiento, no desde el
autoritarismo.
· Que la
Iglesia vuelve a ser Red de Vínculos, no torre de control.
Es, en palabras del Papa Francisco, el camino que Dios
espera para la Iglesia del tercer milenio.
¿Y en México, cómo se ve ese caminar?
En nuestro país, la
sinodalidad necesita traducirse a lo concreto, a lo que nos duele y a lo que
nos impulsa.
Tres claves urgentes:
1. Escuchar
con el corazón abierto: A las madres buscadoras, a los migrantes,
a los jóvenes sin escuela ni empleo, a los pueblos originarios, a las mujeres
silenciadas.
2. Desmontar
el clericalismo: Que los pastores se bajen del pedestal y
vuelvan a ser hermanos mayores que acompañan, no jefes que ordenan.
3. Iglesia
que dialoga: Con las ciencias, con otras creencias, con
los alejados... incluso con los que dudan de ella.
Colofón: La
sinodalidad se hace ciudad
En las ciudades mexicanas, la
sinodalidad se juega a diario en los semáforos, en los mercados, en los
hospitales, en el metro. Ahí donde el Evangelio se escribe en grafiti y se
proclama en murmullos. No necesitamos más documentos, sino más
discípulos-misioneros con tenis polvosos y alma despierta.
La pastoral urbana no es un anexo: es La Frontera Misionera por Excelencia. Ahí está el Cristo de la banqueta, el de la mochila rota, el que vende dulces en el vagón, el que consuela a la madre en la sala de urgencias. Ahí también está la Iglesia que camina, si se atreve.
Porque si el Verbo se hizo
carne, hoy se hace barrio. Y caminar juntos —con dudas, con heridas, con
esperanza— es también dejar que el Espíritu haga de nuestras calles una nueva
Jerusalén.
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