✝️ Cristo en la Ciudad
La señal de la cruz antes del Evangelio… también se
hace en la banqueta
No siempre lo hacemos en misa.
A veces, nos signamos en el metro, al ver una noticia, al salir de casa, o
antes de responder con rabia.
A veces, no es con la mano… sino con el deseo.
Signarnos la frente es pedir que Dios limpie nuestros
pensamientos, que saque la basura acumulada de tantas horas de ruido.
Que nos dé mente clara, para no confundir apariencia con verdad.
Signarnos la boca es pedir que nuestras palabras no sean
armas.
Que no repitamos odio, ni propaguemos chismes disfrazados de opinión.
Que la boca anuncie, consuele, construya.
Signarnos el corazón es pedir que no se nos endurezca.
Que no vivamos anestesiados.
Que sepamos sentir otra vez lo que duele, lo que alegra, lo que importa.
Porque cuando el Evangelio se proclama… no solo se escucha.
Se siembra.
Y si lo hacemos bien —con la frente, la boca y el corazón dispuestos—
esa semilla puede crecer…
incluso entre semáforos, cables y oficinas.
Y entonces sí, la señal se vuelve completa.
Decimos con los labios, pero también con el cuerpo:
“Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos
líbranos, Señor, Dios nuestro.”
Cuando nos signamos y luego nos santiguamos,
no estamos haciendo un gesto automático.
Nos estamos persignando…
y con ello, le abrimos al Evangelio la puerta más difícil: la de la vida real.
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