✝️ El silencio más caro
En la vejez, lo más caro no es un medicamento ni un bastón.
Lo más caro es el silencio.
Ese silencio pesado, que no se oye con los oídos, pero golpea el alma; cuando
los hijos ya no llaman, cuando la casa que alguna vez fue un hogar lleno de
vida se convierte en un templo vacío donde solo suena el tic-tac de un reloj.
Y ese silencio duele más porque está habitado por la
memoria: el recuerdo de quien dio todo sin medida —desvelos, sacrificios, amor
infinito— para que sus hijos caminaran, soñaran, vivieran.
Duele porque revela la ingratitud, la prisa del mundo moderno que se olvida de
mirar hacia atrás.
Pero en medio de ese abandono, hay una voz que no calla:
“Aunque tu padre y tu madre te dejaran, con todo, el Señor
te recogerá.” (Salmo 27:10)
Cristo se hace presente en ese cuarto silencioso, en esa
mirada perdida junto a la ventana, en esas manos temblorosas que esperan un
abrazo. Él nos recuerda que el mandamiento no es opcional:
“Honra a tu padre y a tu madre.” (Éxodo 20:12)
No esperemos al ataúd para llevar flores.
No posterguemos el abrazo ni la llamada que puede devolver la vida a un corazón
cansado. La verdadera fe no se mide en misas solemnes ni en rezos largos, sino
en el amor que damos a los que nos lo dieron todo.
Cristo en la Ciudad nos llama a romper ese silencio con
presencia, con ternura, con escucha. Porque la oración más bella que puede
elevar un hijo no se dice frente a una tumba, sino junto a la cama de un padre
vivo, tomando su mano y diciendo: “Aquí estoy, no estás solo.”
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