“Confiar y Construir: Caminos de fe en la ciudad”
Episodio 2: El valor del trabajo como oración
Manos que rezan mientras trabajan
Reflexión:
A veces pensamos que orar es solo hablar con Dios de
rodillas, en silencio y en un lugar sagrado.
Pero hay otra oración que muchos hacen… sin saberlo.
Es la oración de quien trabaja con amor, con honestidad, con esfuerzo limpio.
La oración de quien cumple con lo suyo aunque nadie lo vea.
La señora que barre su acera al amanecer.
El joven que sale al tianguis a ganarse la vida con dignidad.
El padre que, cansado, vuelve a casa sin quejarse.
Todos ellos, sin palabras, le están hablando a Dios.
Porque cuando el trabajo se hace con fe, con responsabilidad
y con entrega, se convierte en ofrenda.
No se trata de trabajar para ganar más, ni solo por
sobrevivir.
Se trata de comprender que el trabajo, bien hecho, es participación en la
obra de Dios.
Así como Él creó el mundo, nosotros continuamos ese acto creador cuando
tejemos, sembramos, construimos, servimos.
“Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el
Señor y no para los hombres” (Colosenses 3,23)
Por eso, cuando sientas que tu trabajo es pesado, rutinario,
invisible…
recuerda que puede ser también una forma de oración silenciosa.
Un altar que no está en un templo, sino en la calle, en la oficina, en el
taller o en tu casa.
No necesitas dejar de trabajar para encontrarte con Dios.
Puedes encontrarlo en medio de tu trabajo.
Porque sí… también las manos que trabajan pueden estar
rezando.
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