Primer Domingo de Adviento
“Encender lo que queda vivo”
Hoy comienza un tiempo distinto.
No porque el calendario lo diga,
sino porque el corazón —cansado, herido, expectante—
siente que necesita volver a encenderse.
El Adviento no pide perfección;
pide sinceridad.
Pide traer a la luz lo que aún respira,
aunque sea pequeño,
aunque esté escondido,
aunque nos dé miedo reconocerlo.
Hoy encendemos la primera vela.
Una llama frágil, casi tímida,
que tiembla con el aire
pero no se apaga.
Así es la esperanza cuando inicia:
no grita, no exige, no impresiona.
Sólo se deja ver.
Mientras la vela arde, pensé en este año:
en sus heridas que todavía duelen,
en sus alegrías que todavía sostienen,
en sus silencios que enseñaron más que muchas palabras.
Pensé también en lo que quedó vivo.
En lo que resistió,
en lo que se sostuvo de la mano,
en lo que nació en medio del caos,
en lo que me enseñó que la vida, por frágil que sea,
siempre encuentra una rendija para volver a encenderse.
Hoy, en este primer domingo, hago una oración sencilla:
Que esta llama ilumine lo que aún vive en mí,
aunque esté tenue,
aunque esté cansado,
aunque apenas comience a levantarse.
Porque el Adviento no es un ritual.
Es una decisión.
Elegir encender,
aunque el mundo diga que no vale la pena.
Elegir esperar,
aunque parezca que nada cambia.
Elegir confiar,
aunque el camino siga oscuro.
Una vela pequeña basta para empezar.
Y hoy, esta primera luz
abre paso al milagro más discreto:
recordarnos que todavía podemos esperar.
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