Cristo en la Ciudad

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El Evangelio en lo cotidiano. La fe con pies en la calle.

 

Catorceavo Día del Adviento en la Ciudad

“Adviento y la reconciliación con uno mismo”

Hoy descubrí que una de las tareas más difíciles del Adviento
no es ordenar la casa,
ni ajustar la agenda,
ni cerrar pendientes…
sino mirarme a mí mismo sin dureza.

La reconciliación con uno mismo es un camino que duele.
No se logra de golpe,
ni con frases bonitas,
ni con la voluntad apretada.
Se logra con verdad.
Y la verdad, a veces, raspa.

Hoy me di cuenta de que hay partes de mí que sigo evitando:
errores que no perdono,
palabras que dije y me pesan,
decisiones que me avergüenzan,
sueños que postergué tanto que ya no sé si siguen vivos,
miedos que cargo como si fueran identidad.

Y sin embargo, el Adviento me susurra algo distinto:
“No te escondas de ti mismo.
Ahí quiero nacer también.”

Cristo no nace en la perfección,
nace en lo real.
En la carne.
En lo frágil.
En lo roto que tiene la humildad de presentarse.

Reconciliarme conmigo es aceptar que soy humano
y que no tengo que tener resuelto todo.
Es dejar de castigarme por lo que hice cuando no sabía más.
Es comprender que la misericordia de Dios va delante de mi propio juicio.
Es mirarme como Él me mira:
con paciencia,
con ternura,
con la certeza de que siempre puedo empezar otra vez.

La reconciliación con uno mismo no significa celebrar mis fallas,
sino integrarlas, aprender de ellas,
y permitir que se conviertan en puerta
en lugar de sombra.

Hoy me dije algo que necesitaba oír:
“Está bien no ser perfecto.
Está bien haber fallado.
Está bien empezar de nuevo.”

Y sentí que, por un instante, el corazón respiró más libre.

Faltan pocos días para la Navidad.
Este Adviento quiero preparar un espacio interior
donde pueda entrar la reconciliación,
no como un evento,
sino como un proceso paciente.
Quiero permitirme ser recibido por Dios
sin máscaras, sin miedo, sin vergüenza.

Porque reconciliarme conmigo mismo
es abrir el pesebre
donde la Luz podrá nacer sin obstáculos.

Y si Cristo viene a traer paz,
esa paz también empieza aquí:
en mí.


Pregunta

¿Qué parte de ti necesita hoy ser mirada con misericordia y no con juicio?


Acción breve (Cristo en la Ciudad)

Haz una pausa de un minuto y di despacio:
“Señor, ayúdame a mirarme como Tú me miras.”
Una frase así puede cambiar un día entero.

 

 

 

 

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