Cristo en la Ciudad

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El Evangelio en lo cotidiano. La fe con pies en la calle.


NAVIDAD Historia Cristo en la Ciudad

"ES UN ALIVIO TOCAR EN TU CASA"

Por Rafael MOYA GARCÍA

Eran como las seis de la tarde.

El timbre de la casa de la señora X sonó casi como si no quisiera haber sonado. La dueña acudió a abrir, sin estar muy segura de que alguien hubiera llamado.

Pero sí. Era aquel hombre, ya mayor, con rasgos marcadamente indígenas, que ya otras veces había pasado ofreciendo las cobijas de lana que, dobladas unas sobre otras, traía sobre el hombro.

—¿No me compras una cobija? —preguntó—. Son de pura lana. Pa’l invierno.

—Fíjate que ahora no puedo. La vez pasada te compré tres. De veritas que ahora no tengo dinero —respondió la señora X.

—Ándale, ya se me hizo de noche y no he podido vender ninguna. Yo estoy más fregado que tú. Mira, ni siquiera traigo para echarme un taco. ¿Qué te cuesta?

—Me da mucha pena, pero ahorita no tengo con qué. Pero de comer sí puedo darte algo. Pásale.

—Mejor aquí te espero.

—No. Pásale y así por lo menos descansas un poco.

La señora X logró, no sin insistir dos o tres veces, que el hombre pasara a la mesa de la cocina y dejara sobre una silla el altero de cobijas.

Mientras buscaba algo en el refrigerador que poder prepararle y luego ponía a calentar un poco de sopa y le freía un bistec, le preguntó:

—¿Y desde dónde vienes?

—Aquí nomás de Gualupita, cerca de Santiago Tianguistenco, en el Estado de México.

—¿Tú tejes las cobijas o las compras para revenderlas?

—No, pos las tejemos mi esposa y yo y una hija. Cuando ya tenemos unas cuantas, me vengo a venderlas aquí, a México.

—¿Y aquí en México, dónde duermes o qué?

—Ya que me agarra la noche, me voy para la terminal de autobuses y allí duermo. Y al otro día me vengo de nuevo a recorrer las calles. Y así hasta que acabo y me puedo regresar al pueblo con algunos centavos.

Mientras el hombre tomaba la sopa y se comía la carne, la señora X repasaba mentalmente todos aquellos datos y comprendía de una manera más clara aquello de “yo estoy más fregado que tú” y decidió comprarle por lo menos una cobija con el dinero que tenía destinado al gasto de la semana.

Cuando el hombre se despidió, le dijo:

—De veras que es un alivio tocar en tu puerta. Tú siempre me abres y me das de comer. En otras casas ni te abren o te gritan desde la ventana y a nadie le importa ni quién eres ni cómo vives.

En el corazón de la señora X, como la mejor música que hubiera escuchado en su vida, quedaron resonando aquellas palabras: “Es un alivio tocar en tu puerta.”

Palabras éstas que todos podemos escuchar, porque a todos se nos presentan en el día muchas oportunidades para poder hacerles sentir a nuestros hermanos más necesitados ese “alivio”.

Navidad es la fiesta del Dios que vino a tocar a nuestra puerta y que muchos no recibieron. La historia de las “Posadas” es la historia de una serie de puertas que no se abrieron y que dejaron sentir a los santos peregrinos “el alivio” que era llamar a ellas.

Esta Navidad Dios llama también a nuestras puertas pero disfrazado de mendigo, de vendedor de cobijas, de ama de casa con varios hijos que tiene que vender “takules” de puerta en puerta… Hombres y mujeres a quienes, en nombre de Cristo, podemos darles el “alivio” por lo menos de tratarlos como hermanos y de interesarnos por ellos.

Que todos tengamos, así, una Navidad feliz, con un “es un alivio tocar en tu puerta” tintineándonos en el corazón.

 

 

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