Cristo en la Ciudad

Cristo en la Ciudad
El Evangelio en lo cotidiano. La fe con pies en la calle.

 


Veinteavo día del Adviento en la Ciudad

“La alegría que no depende de nada”

Hoy me descubrí pensando en la alegría.
No en esa alegría ruidosa,
de carcajadas exageradas,
fotos perfectas
o celebraciones que esconden cansancio.
Pensé en otra alegría:
esa que no depende de nada externo,
esa que no se apaga, aunque el día haya sido difícil,
esa que no necesita motivos extraordinarios para existir.

La alegría interior.
La que viene de Dios.

Me di cuenta de que muchas veces he buscado la alegría
en lo que cambia,
en lo que se acaba,
en lo que no depende de mí:
un resultado,
una aprobación,
una conversación,
una compañía,
un logro,
un aplauso,
una buena noticia.
Y cuando eso falla,
la alegría parece esfumarse.

Pero la alegría del Adviento es distinta.
No es una emoción pasajera:
es una certeza.
Una luz que arde desde dentro,
incluso cuando afuera no hay nada que celebrar.

Es como una brasa escondida en el corazón
que no hace ruido,
pero permanece encendida,
sosteniendo la vida
cuando todo lo demás se tambalea.

Hoy entendí que la alegría de Dios
no se basa en lo que tengo,
ni en lo que logro,
ni en lo que sale “bien”.
Se basa en algo mucho más profundo:
en saber que no camino solo.
En saber que soy amado,
incluso cuando no soy perfecto.
En saber que Dios trabaja en mi vida,
aunque yo no lo vea.

Esa alegría no depende de nada,
porque no está agarrada a nada del mundo.
Está anclada en Dios.

Faltan pocos días para la Navidad.
Y hoy quiero pedir esta alegría que no grita,
que no presume,
que no necesita excusas para nacer.
Quiero la alegría serena,
la alegría que me hace respirar más hondo,
la alegría que sostiene mis días,
la alegría que no se derrumba con las noticias,
la alegría que viene de confiar.

La alegría que nace en un pesebre pobre
pero cargado de ternura.
La alegría que no depende de nada…
porque depende de Dios.


Pregunta

¿Qué alegría interior necesitas pedir hoy, aunque las circunstancias no hayan cambiado?


Acción breve (Cristo en la Ciudad)

Cierra los ojos un momento y di despacio:
“Señor, dame tu alegría, la que nada ni nadie puede quitar.”
Quédate ahí un instante.
A veces, esa oración basta para encender la brasa.

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