Cristo en la Ciudad
Cuando uno pone a Dios primero, todo lo demás encuentra su
lugar.
A veces no cambia la circunstancia, ni se despeja el camino, ni desaparecen las
dudas.
Lo que cambia es el corazón… y desde ahí cambia todo.
Porque cuando Dios es prioridad, dejamos de negociar nuestra
paz con los miedos
y empezamos a caminar sostenidos, no por nuestras fuerzas, sino por su
fidelidad.
Y entonces, lo que tenga que pasar… pasa.
Pero pasa con sentido, pasa con propósito, pasa acompañado.
Ya no nos arrastra la vida: la caminamos con la serenidad de quien sabe que no
está solo.
Poner a Dios primero no es un acto heroico, es un acto de
confianza.
Es decirle: “Aquí estoy, haz lo que tengas que hacer, sólo quédate conmigo.”
Y en medio de la ciudad, con su ruido y sus prisas, esa
certeza basta para seguir.
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